Be a Goldfish
No sé cómo mi mente consigue siempre engañarme para hacerme creer que he aprendido la lección, solo para sorprenderme cambiando de orden los factores, alterándome el producto y los putos nervios en general.
Algo me ha rozado el cora, me ha hecho reacción y me tiene los pensamientos a flor de piel.
Veo todo, lo visible y lo invisible.
Lo mío y lo ajeno.
Lo real y lo que vive en el infinito.
El pasado, el presente y el futuro.
Todo pasa por mi cabeza en un scroll sin fin, inconexo y a saltos.
Y hiere mucho.
Por improbable, por imposible, por injusto, por inevitable, por innecesario, por sinsentido.
Todo acaba haciendo crack. Me tiemblan los cimientos de la identidad, dudo de todo lo que me rodea, empezando por mí misma.
Parece que realmente no tiene sentido responder ciertos mensajes, entrar en discusiones o simplemente rebatir lo más mínimo.
¿Con qué objetivo?
¿Qué ganas más allá de desahogo?
Para el resto es simple indiferencia.
Y no sé cómo hacer que toda esa bola de rabia que se forma con cada pequeño agravio inconcluso no se me quede incrustada en el pecho rompiéndome la ilusión y la esperanza cada día un poco más. No sé si esa bola de nieve puede parar en algún momento.
No sé por qué mi recurso para volver a un punto en el que me siento en contacto con una versión mía real y no una copia de una copia que ha perdido nitidez, es crear una nueva entrada en Blogger, aunque un 75% de las veces se quede en borrador. Más sabiendo que soy mi único público.
Será que es la única manera que tengo hablar en voz alta sabiendo que nadie escucha, que aunque cualquiera pueda verlo, prefieren sus propios ombligos, sus propios problemas y sus propias verdades.
Quién les culpa, si yo lo único que quiero es deshacerme de los suyos también.
Ojalá ser un maldito pez dorado con su memoria de diez segundos. Total, la disfunción ejecutiva ya la tengo de base.

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